Tres opciones

Por Carlos ACOSTA CORDOVA.

Paradojas de la vida. Aunque en la percepción del coordinador de los senadores priístas, Manlio Fabio Beltrones, si el gobierno de Felipe Calderón presenta una iniciativa agresiva de Reforma Energética -que incluya cambios a la Constitución y a las leyes secundarias-, le estaría entregando la Presidencia a Andrés Manuel López Obrador, lo cierto es que quienes apuestan a que no haya reforma, o que sólo quieren cambios superficiales, le estarán haciendo el gran favor a Felipe Calderón.

Ya lo dijo éste hace unas semanas, de gira por Estados Unidos, que sólo hay tres opciones: “Una es quedarnos como estamos, y si esa es la decisión del Congreso, yo la respetaré plenamente”. La segunda es “destinarle más recursos a Pemex del presupuesto federal; ya lo hemos hecho con la Reforma Fiscal y, sin embargo, no es suficiente”. Y la tercera opción es “ver qué han hecho otras empresas públicas en el mundo; digo ‘empresas públicas’ porque yo tengo la firme convicción de que Pemex tiene que seguir y seguirá siendo del Gobierno y de los mexicanos, exclusivamente”.

Ante el manifiesto rechazo de buena parte de la clase política a esta última opción, que quiere decir alianzas estratégicas o asociaciones con trasnacionales petroleras de alta tecnología para explorar en aguas profundas, las otras dos opciones son, por default, la apuesta de quienes se oponen -sin que medie una discusión serena- a la Reforma Energética del Gobierno que, dicho sea de paso, nadie sabe bien a bien cuál sea.

En efecto, “quedarnos como estamos” y/o destinarle más recursos presupuestales a Pemex, sin hacer cambios de fondo en la industria petrolera nacional, es el mejor favor que se le pueda hacer a Felipe Calderón: tranquilamente podrá sobrellevar su administración, y con éxito, pues la paraestatal, con los elevados precios internacionales que hoy tiene el crudo, es una garantía de ingresos para el Gobierno, sin importar que la empresa al final de cuentas reporte pérdidas, siga siendo ineficiente e improductiva.

Dejar las cosas como están, pues, sería un gran regalo al PAN y a Calderón. Porque es un lujo para el Gobierno tener a Pemex así, nadando de a muertito. Total, las reservas probadas, por 11 mil millones de barriles, todavía dan para poco más de nueve años. Y para cuando México sea importador neto de petróleo ya no estará Calderón en la Presidencia.

Y vaya que si es un lujo tener a Pemex. Baste revisar la información reciente sobre sus resultados financieros, los de 2007. En ese año, la utilidad de la paraestatal, antes de impuestos y derechos, fue de 660 mil 152 millones de pesos, poquito más de 60 mil millones de dólares, que en su vida han visto, como ganancia en un año, cualquiera de las más poderosas trasnacionales del petróleo. La que más se le acercó fue Exxon Mobil, con 40 mil 600 millones de dólares.

Para no ir tan lejos, la utilidad operativa de Pemex fue tres veces la utilidad conjunta de las 30 mayores empresas que cotizan en la Bolsa Mexicana de Valores, que fue de 221 mil 500 millones de pesos.
Pemex, en 2007, volvió a demostrar que es una de las empresas más rentables del mundo… aunque más por regalo de la naturaleza y por condiciones de la economía internacional, que por eficacia y eficiencia en su conducción. Y vaya que si no: a la empresa le cuesta poco menos de cinco dólares extraer cada barril de crudo y lo vendió, el año pasado, en un promedio de 61.6 dólares; en estos días el precio de la mezcla mexicana anda arriba de los 80 dólares por barril.

Cualquier gobierno querría tener un Pemex. Ingresos fáciles, sin necesidad de empujar la actividad económica ni de hacer esfuerzos recaudatorios en el resto de la economía.
Pero la gran tragedia de Pemex es la sangría brutal a la que la somete el fisco federal. En 2007 el pago de impuestos, derechos y aprovechamientos de Pemex fue de 676 mil 278 millones de pesos (casi un 12% más que en 2006); es decir, más que las utilidades obtenidas. El gravoso pago de impuestos, más la importación creciente y cada vez más cara de petrolíferos, dieron como resultado que en 2007 Pemex tuviera pérdidas netas por 16 mil 127 millones de pesos. ¡La empresa más rentable del mundo… con pérdidas!

Tan sólo por esos simples datos valdría la pena más serenidad y seriedad en el debate. Si el Gobierno propone asociaciones o alianzas habrá que discutirlo a fondo. Hay un dato que se descuida y que deja asomar ribetes de torpeza e ignorancia: en el caso de que se aprobara una cosa así, ningún barril de petróleo saldría, por esa vía, durante este gobierno. La experiencia internacional indica que la producción en aguas profundas -que es lo que se quiere con las alianzas- rinde frutos hasta ocho o 10 años después de que se identifica y confirma la existencia de hidrocarburos.

Sin embargo, es cierto que hay razones históricas, culturales y aun económicas para poner en duda la propuesta.

Pero el camino más fácil es decir no a todo, anteponer atavismos ideológicos y arroparse en banderas que sólo reditúan beneficios políticos que no se traducen en beneficios para la sociedad.

No hay que desdeñar la invitación del Gobierno -y sólo porque viene de él- a ver qué hacen otras empresas públicas, petroleras, en el mundo. Quizá se encuentren respuestas, quizá no, pero esto sólo será producto de un análisis desprejuiciado y con ganas reales de hacer cambios importantes. De repente se actúa como si viviéramos todavía en la era priísta, en la que el Gobierno era capaz de imponer las cosas. Y si lo pudiera hacer, no sería en esta materia, el petróleo, tan conflictiva y polarizante.

El Gobierno no se va a hacer el harakiri.

Lo peor, como dicen muchos ya, es quedarse con los brazos cruzados, no ver la urgencia de los cambios -no es mentira que el petróleo se esté acabando; tampoco que es irracional la expoliación que el Gobierno ha hecho de Pemex durante más de 20 años- y seguir nadando de a muertito.
No es lo mejor para el país.