indigena1.jpgPor: Eliseo Moreno

Como es costumbre en la familia, el domingo pasado nos reunimos para compartir los sagrados alimentos; asisten los hermanos, sobrino y sobrinos nietos, con la única dificultad de que algunos no pueden comer carnes, otros grasas, otros más azúcares, etc.; en fin, se crea un ambiente de hábitos y creencias alimenticias, así que, a sugerencia de mi hermano Isaí, fuimos hasta Samulá, que antiguamente era un ejido, en un lugar donde venden comida casera bien preparada, con el sabor que a todos los mexicanos y sobre todo a los sureños nos gusta.
Llegamos y pedimos nuestras respectivas raciones y mientras nos servían, noté que entró una mujer de edad madura vestida con el traje típico de Campeche, huipil y reboso, quien también pidió su ración y esperó al igual que nosotros; algo llamó mi atención y, al voltear hacia la calle, vi un vehículo Chevy blanco y una persona del sexo masculino que aguardaba dentro; seguí platicando con mis parientes sobre cuestiones de trabajo, mientras que preparaban los alimentos.
Obviamente, como nuestra orden era mayor, a la mujer indígena le sirvieron más rápido, así que pagó y su rapidez me llamó la atención, bajó los escalones y se dirigió al Chevy y, hablando en maya, abrió la portezuela y subió al vehículo, al tiempo que observé que su acompañante, tal vez su esposo o su pareja, vestía de igual forma, es decir, como visten los hombres del campo.
Escribo esto, porque aún siendo periodista y habiendo asistido a múltiples eventos populares organizados por el gobierno, es normal que estos coterráneos de origen maya lleguen en camionetas como acarreados, o cuando se trata de campañas electorales, o para protestar en contra del gobierno; incluso, cuando esto sucede, todos los restaurantes o puestos de venta de comidas que están a un costado del Palacio de Gobierno, se llenan de estas gentes, quienes acuden a tomar algún refresco o a comer aunque sea un taco.
El cuadro descrito al principio me causó sorpresa, pero por otro lado, complacencia, porque déjenme decirles que he convivido con campesinos, he comido con ellos y a invitación de ellos, he cosechado su maíz, calabaza, sandía y en sus comunidades he observado que algunos tienen camionetas y vehículos compactos, en que se trasladan hacia la cabecera municipal o hacia la capital del estado; sin embargo, y desgraciadamente, esto no es lo común.
En la Ciudad de Campeche conozco gente de las comunidades rurales, que viven y trabajan en la capital del Estado, pero han cambiado su manera de vivir, sus costumbres, su vestido y hasta sus tradiciones, quizás obligados por el propio ritmo y la moda de la sociedad citadina.
Otras pobladores de las comunidades o cabeceras del interior, de origen maya, que viajan diariamente a la capital, trabajan en casas de familias campechanas, de la clase media alta o alta en el lavado de ropa, cocinando y haciendo la limpieza de estos hogares, siendo éstos los más dependientes, y otras gentes de más iniciativa se dedican a la venta de productos agrícolas, como legumbres, verduras y frutas, en el principal centro de abasto de Campeche. Sin embargo, más que vivir sobreviven de los coyotes mayores del mercado, así como de los modernos “recaudadores” de rentas del Ayuntamiento.
¿Por qué será que, a pesar de todos los avances, la justicia plena aún no le llega a esta gente de la cual dependemos?; ellos producen gran parte de lo que consumimos, aunque cada vez menos ya que ahora hasta maíz tenemos que importar; sin embargo, tanto locales como foráneos poderosos contratan su mano de obra y les arriendan sus tierras a precios irrisorios; en lo que respecta a los políticos, éstos son los que tienen controlados a los “líderes” campesinos para sus actos de campaña o bien para pedir dinero en nombre de ellos que, a final de cuentas, sólo unos cuantos pesos les llega a la gente de abajo, y por el contrario, los funcionarios-políticos y los políticos mercenarios, que venden y trafican con los movimientos y las necesidades de la gente, son los que salen beneficiados y enriquecidos siempre a costa de los que poco o nada tienen.
En contraparte, cerca de la casa de ustedes, diariamente pasa una indígena por las tardes vestida de un huipil desgastado por el tiempo, “chancletas” remendadas con hilo de plástico y rebozo; sobre la cabeza lleva encimado un trapo viejo, donde asienta con destreza de equilibrio una palangana llena de bolsitas de “pepitas”, semillas secas de calabaza, y de cacahuate, una mujer que en el rostro lleva la angustia de la marginación y la indiferencia de las autoridades de los tres niveles de gobierno, responsables de cumplir con la obligación constitucional del derecho de vivienda digna, alimentación y salud para todos los mexicanos.
Es inaudito escuchar los miles de millones de pesos que por diversas fuentes y programas llegan al Gobierno del Estado, los miles y millones de pesos que se anuncian en obras de infraestructura, los miles y millones de pesos que se anuncian para invertir en salud, educación, vivienda, infraestructura carretera, caminos rurales, agua potable, pavimentación, agroindustria, etc., y los campesinos y nuestros indígenas mayas y nuestros pueblos rurales y también nuestras olvidadas colonias populares paupérrimas, en donde todavía no llega la civilización urbana, siguen en la mismas condiciones ancestrales, como si el progreso y las políticas de desarrollo no hubiese pasado nunca por allí, soló con la diferencia de unos cuantos que han logrado salir adelante; mientras que los nuevos políticos, “juniors” o advenedizos sin carrera, pero con muchas influencias, compadres y políticos metidos a funcionarios, principalmente en la nueva “camada” adueñada de los cargos federales, detentan, abusan y hacer alarde de poder, se hacen ricos de la noche a la mañana, y ahondan más las diferencias entre los que tienen todo, abusan y se sirven con la cuchara grande, y la enorme pobreza de las mayorías de la población.
Continuaré con las vicisitudes de esta indígena marginada, particularmente en las fechas de la celebración de la Navidad y el Año Nuevo; cómo se la pasa vendiendo sus productos por las calles de la ciudad en esas fechas; puede parecerse a algunas que incluso se le ve cargando algún o algunos pequeños desnutridos; para ellos no existen festejos o momentos de alegría; todos los días son iguales; tienen que trabajar día y noche para medio comer; sucede que un día después del paso del Huracán Dean, esta mujer vino a la ciudad para ganarse el pan de cada día, para ella no hubo ninguna pérdida, porque simplemente no tiene nada que perder, ni siquiera una ayuda alimentaria, porque cuando menos eso se lo gana diariamente con mucho sudor…. y lágrimas.
¿Cuántos estamos dispuestos a dedicar una mínima parte de lo que tenemos para paliar aunque sea en parte esta pobreza que lacera a nuestra gente?, ¿cuántos estamos dispuestos a levantar la voz y esgrimir la razón por ellos?.